2/15/2008

el hype nuestro de cada día, dánoslo hoy

1. El hype es la tendencia que obtiene cobertura mediática y canonización cool de la noche a la mañana. Lo último, the next big thing. Puede ocurrir en pequeña o gran escala, en círculos especializados o en todo el orbe.

Para la prensa musical internacional es algo odiado y amado. Se le odia porque celebra llamaradas de petate, de ésas que hacen ruborizar un par de años después de haberlas adorado (levante la mano quien se haya descargado toda la discografía de Godspeed You! Black Emperor y luego la mandó completita a la papelera de reciclaje; sí, la estoy levantando también). Se le ama porque es la posibilidad de identificar un hito cultural antes que nadie, el momento en que el cronopio deviene fama. Así, uno de los motivos por los que la revista británica The Wire es tachada de snob es su tino para identificar o inventar (según a quién le pregunten) hitos de este tipo. Términos tan difundidos y discutidos como “post-rock” (1994) o “new weird america” (2003) salieron de sus páginas.

2. México no podía ser la excepción. La prensa escrita, los bloggers, los chicos que platican de grupos en los bares, muchos practican el deporte de identificar y desenmascarar hypes. Lo que me llama la atención que es que lo hacen (hacemos) de una manera rara. Como ser hinchas del Real Madrid y no saber nada del futbol nacional, o seguir de cerca las campañas presidenciales de EU y no tener idea de la política mexicana. Los hypes, independientemente de su confiabilidad, son algo que ocurre en otras partes, que llaman nuestra atención pero no ocurren en esta tierra.

Hace cinco años, hurgando en redes sociales de internet, encontrabas que los mexicanos que no se habían atorado en el pasado escuchaban a los Fancy Free, Austin TV, Zoe y proyectos derivados de Nortec. Pasaron los años y ahora ves que ese mismo tipo de gente escucha a… los Fancy Free, Austin TV, Zoe y proyectos derivados de Nortec. Eso mientras en el resto del planeta nacían, se reproducían y morían numerosos mitos.

3. Durante ese trance han nacido más bandas dignas de atención (y parece que la prensa extranjera ha estado más atenta a ellas que la nacional). Las mismas han recorrido el país para presentarse en vivo, tienen buena cantidad de contactos en MySpace y su música está en tiendas especializadas y programas de descarga. Pero ese último salto, ése que hace que alguien te incluya en su perfil como una de sus bandas favoritas, no ocurre. Menos puedes soñar con pedir en un bar una de sus canciones.

Quizá nos hemos tomado demasiado en serio aquello de “don’t believe the hype”. O hay en nuestra rock y pop la misma continuidad y formación de dinastías que impera en otros aspectos de la vida nacional. Como si las bandas afiliadas hace algún tiempo hubieran conseguido “hueso” o “plaza”, y aunque existan muchas nuevas éstas no tendrían su momento hasta que las anteriores terminen su mandato o se jubilen. Un ejemplo sencillo, asómense al catálogo de Noiselab. La contraparte nacional de Justice y Bonde do Rolé son ¡Jumbo y Zoe!

4. El hype, con todo y sus implicaciones desagradables, funciona como garantía de renovación y variedad. Depura el sistema periódicamente. Y también rescata el pasado: aunque toda la “new weird america” fuera puro cuento, tan sólo por haber presentado a John Fahey a las nuevas generaciones ya tiene justificada su presencia. Otro tanto hizo el brete por el post-punk con el que abrió esta década. Fuera de nuestras fronteras puede ser visto como un hambre malsana de novedades y modas pasajeras, pero de veras que me gustaría tantito hype por aquí, sólo para acelerar las cosas, para engrasar la máquina. Y, claro, que cada quien decida si cree en él o no.

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