1/01/2019

a la sombra de las telefonistas en flor

Para que este milagro se efectúe no tenemos más que acercar nuestros labios a la tablilla mágica y llamar —con insistencia, demasiado excesiva a veces, convengo en ello— a las Vírgenes Vigilantes, cuya voz oímos todos los días sin conocer nunca su rostro, y que son nuestros Ángeles de la Guarda en las tinieblas vertiginosas, cuyas puertas vigilan celosamente; a las Todopoderosas por cuya intercesión surgen a nuestro lado los ausentes sin que nos esté permitido verlos; a las Danaides de lo invisible que incesantemente vacían, colman, se transmiten las urnas de los sonidos; a las irónicas Furias que, en el momento en que susurramos una confidencia a una amiga, con la esperanza de que nadie nos oiga, nos gritan cruelmente: «¡Escucho!»; a las siervas perennemente irritadas del Misterio, sacerdotisas recelosas de lo Invisible —a las señoritas del teléfono.
Marcel Proust, El mundo de Guermantes.

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