11/05/2015

cuento uno

Si hay algo que siempre haya deseado, más que hablar lenguas angélicas o poseer la ciencia de todas las cosas, más que la vida bienaventurada o un amor en cada puerto, si hay algo que quiera más que cualquiera de esas cosas es tener un bote con patas.

Si algún día me conceden este único deseo, le enseñaría a mi bote con patas a marchar con paso de ganso, después a trotar como percherón de desfile; luego le colocaría sensores térmicos, de esos que vienen en cajitas verdes, envueltos en burbujas de plástico para evitar que se rompan durante el trayecto desde la maquiladora que los ensambla en algún lugar de la frontera. Ya con los sensores térmicos en su sitio, sintonizaría mi bote con patas en la misma frecuencia que los receptores que llevo bajo la piel, para poder sentir los climas y caminos por los que se ande paseando el bote, en lugar de este triste ambiente desértico en el que habito.

Si lo piensan un poco descubrirán las virtudes de este método. Uno no puede usar un walkman y escuchar clase al mismo tiempo. Y ver una película mientras se conduce en hora pico tiene consecuencias funestas (si lo sabré yo, que ya tengo un brazo menos que el hombre promedio). En cambio, uno puede atender numerosas tareas y al mismo tiempo sentir con una piel trashumante que vaga muy lejos de nuestro cuerpo: ya podría buscarme el empleo más tedioso del mundo, que no lo sentiría, con mi pellejo dándose la buena vida en el malecón de algún puerto sin necesidad de que me aparte del escritorio.

Lo único malo de los botes con patas es que no entienden cuando se acaba el juego. Cuando esté medio metro bajo tierra (los sepultureros son cada vez más flojos), el bote, desde las antípodas, seguirá enviando señales a mi piel amarillenta y estriada. Las sensaciones estarán ahí, aunque ya no haya cabeza para reconocerlas y nombrarlas. Será como aquel cuento del cácaro que, en tiempos de guerra, seguía proyectando películas a una sala vacía para que el proyector no juntara moho por el desuso.


Uno de los Seis cuentos escritos entre el verano de 2002 y el verano de 2004. Disponibles en Feedbooks y en Internet Archive.

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