7/22/2014

tontos e inanes

Refirámonos a los dos filósofos, Demócrito y Heráclito. El primero, hallando vana y ridícula la humana condición, nunca salía a la calle sino con rostro burlón y riente. Heráclito, compadecido y apiadado de esa misma condición nuestra, llevaba, por el contrario, el rostro triste y los ojos inundados de lágrimas. Yo me inclino más al humor del primero, no porque sea más placentero reír que llorar, sino porque es más desdeñoso y nos condena más que lo otro; y porque me parece que nunca podremos ser tan despreciados como merecemos. La conmiseración y piedad se mezclan a cierta estimación de aquello de que nos dolemos, mientras que las cosas de que nos burlamos se juzgan de nulo valor. No creo que haya en nosotros tanta desgracia como vanidad, ni tanta malicia como tontería. No estamos tan llenos de mal como de inanidad, ni somos tan miserables como viles. Diógenes, que vivía a su manera, burlándose de Alejandro y haciendo rodar su tonel, nos tenía por meras moscas, o por vejigas llenas de viento. En consecuencia, se ajustaba más a mi carácter que Timón, quien fue llamado aborrecedor de los hombres. En efecto, lo que se odia es cosa que se toma a pecho. Timón nos deseaba mal y apasionábale el deseo de nuestra ruina, huyendo de nuestra conversación como peligrosa y nacida de naturalezas malas y depravadas. El otro nos estimaba tan poco que no podíamos turbarle ni alterarle con nuestro contagio, y abandonaba nuestra compañía no por temor, sino por desdén, no creyéndonos capaces de hacer nada malo ni bueno.
Michel de Montaigne, De Demócrito y Heráclito

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