4/01/2014

los leprosos de pratofungo

En esos días la lepra cundía en las regiones próximas al mar, y cerca de nosotros había una villa llamada Pratofungo, habitada únicamente por leprosos a los que hacíamos regalos que recogía Galateo. Cuando cualquiera del mar o del campo contraía lepra, dejaba a parientes y amigos para irse a Pratofungo a pasar el resto de su vida esperando a que la enfermedad lo devorara. Había rumores de grandes celebraciones para recibir a los nuevos. Desde lejos se escuchaban las canciones y la música que salían de las casas de los leprosos por las noches.

Muchas cosas se decían de Pratofungo a pesar de que ninguna persona sana había ido ahí, pero los rumores concordaban en que la vida ahí era una fiesta perpetua. Antes de ser una colonia de leprosos esta villa había sido lugar para prostitutas y era visitada por marinos de toda raza y religión; y las mujeres de ahí, al parecer, conservaban las costumbres licenciosas de esos tiempos. Los leprosos no trabajaban la tierra, salvo por un vieñedo cuyo jugo los mantenía todo el año en un estado de entonada efervescencia. Los leprosos pasaban la mayor parte del tiempo tocando extraños instrumentos de su propia invención, tales como arpas con pequeñas campanas unidas a las cuerdas, y cantando en falsete, y pintando huevos con manchas de todo color como si se tratara de una Pascua perpetua. Y así, pasando el rato con música dulce, los rostros desfigurados con guirnaldas de jazmín, olvidaron la condición humana de la que su enfermedad los había apartado.

Italo Calvino, El vizconde demediado.

1 comentario:

M. dijo...

Mágico.