agnes quill: una antología de misterio


Agnes Quill, el personaje que da título al nuevo cómic de Dave Roman, tiene una agenda parecida a la de Hellboy o Adèle Blanc-Sec (fantasmas, partes de cuerpos con vida autónoma y una humanidad subterránea), si bien el guionista Roman no parece tan interesado en el folklore, la literatura de folletín o los contextos históricos definidos como Mignola y Tardi.

De hecho, sus historias ocurren en una ciudad idealizada (Legerdemain, victoriana y steam-punk hasta la punta de las chimeneas) y en un tiempo indeterminado. Sirva una anécdota para explicar su aspecto: en una de las viñetas que cierran este libro, el dibujante Bannister había colocado a Agnes en una biblioteca con un mapa y un globo terráqueo, de los cuales Roman aconsejó borrar cualquier semejanza con la geografía real. Lo de Agnes ocurre en otro lado.

La señorita Quill tiene 16 años y ha quedado huérfana recientemente. Heredó de su abuelo un “castillo” (en realidad una casona en ruinas), una tienda de antigüedades custodiada por el taciturno Sr. Lorik y la capacidad de comunicarse con los muertos, la cual decide explotar trabajando como detective… para los muertos.

En lugar de recurrir al dibujante John Green (su colaborador habitual, con quien realiza la serie Quicken Forbbiden), para esta ocasión Roman invitó a varios ilustradores, muy diferentes entre sí. Ya sea que el autor escribiera historias acordes a cada dibujante, o que ellos tuvieran libertad para adaptar los textos, cada una tiene un tono muy diferente.

Es siniestra, cercana a los comics clásicos de horror, con los trazos de Jason Ho. Sencilla y hasta disneyana con Raina Telgemeier. Detallada y dinámica en las manos de Jeff Zornow. El propio Roman dibuja la última, con un estilo deliberadamente infantilizado e ingenuo, aunque su historia no lo sea tanto.

Como coda aparecen extractos del diario de Agnes, en los cuales hay más detalles de su día a día (escuela, problemas económicos, la lata de vivir rodeada de espíritus irrespetuosos) que sería agradable ver incorporadas en el cómic en volúmenes posteriores, para agregar más dimensiones a la historia, algo que el guionista explotaba con buenos resultados en Quicken Forbidden.

Agnes Quill: An Anthology of Mistery fue publicada por Slave Labor Graphics. Dos de las historias están disponibles en esta dirección.

those we don't speak of

Hasta entonces los adolescentes estaban aterrorizados por las apariciones de las máscaras. Una de estas los persigue a latigazos. Excitados por el iniciador, lo detienen, lo someten, lo desarman, le desgarran la ropa, le quitan la mascara: en él reconocen a un anciano de la tribu. En lo sucesivo pertenecen al otro campo. Infunden miedo. Untados de blanco y enmascarados a su vez, encarnan los espíritus de los muertos, asustan a los no iniciados, violentan y atacan a quienes atrapan o consideran culpables. Con frecuencia, permanecen constituidos en hermandades semisecretas o pasan por una segunda iniciación que los afilia a ellas... Toda sociedad secreta posee su fetiche distintivo y su máscara protectora. Cada miembro de una cofradía inferior cree que la mascara guardiana de la sociedad superior es un ser sobrenatural, mientras que conoce demasiado bien la naturaleza del que protege la suya.
Roger Caillois, en Los juegos y los hombres, hablando de pueblos como los lobo de Alto Volta (hoy Burkina Faso).

cfr. The Village (Shyamalan, 2004) .



espejismo

En last.fm está anunciado para este domingo un concierto de Árbol en Monterrey. Dado que el aviso lo subió un chico de 19años y nadie más se ha apuntado, me imagino que son él y su grupo llamado Árbol quienes tocan ese día, y no Miguel Marín, el ex-Chinarro y ex-Piano Magic que también graba con el nombre de Árbol. Pero LastFM no hace distinciones: junto al aviso de la tocada presenta la biografía y los links del único grupo que tiene registrado con ese nombre, el de Marín. Son espejismos, como lo de "The Residents" en el Aura. En un descuido y hasta voy a ver a esos otros Árbol. Porque sí.

PD. Resultó que era una de las banditas de G. Santaolalla, así que la vuelta se canceló. Hubiera preferido una banda desconocida local, cualquiera.

los industriales de atemajac

A comienzos de los noventa, y aunque no había una profusión de bandas locales y tocadas de ese corte (como en Tijuana o Ciudad Victoria), la música industrial gozó de una inexplicable popularidad en Guadalajara.Encontrabas camisetas serigrafiadas de Front 242 en los mercaditos, los ambulantes vendían antologías en caset donde Nitzer Ebb aparecía al lado de Technotronic y Chino Bayo (“exta sí, exta nooo…”) y en la radio la gente mandaba saludos a sus amiguitos headhunter. La mixtape de industrial y banda sinaloense que un compañero llevo a la prepa era el acabose.

Al mismo tiempo, como en el resto del país, hordas de adolescentes tapatíos adoptaron la facha de Seattle: camisa de franela, jeans raídos y, muy importante, botas industriales, de casquillo. El grunge tenía poco o nada que ver con el atuendo, la mayoría de aquellos chicos escuchaba rock nacional.

El caso es que, a los ojos de sus mayores, la expresión “música industrial” y esas ropas aparecieron casi al mismo tiempo. Alguien debió hacer una asociación equívoca: las botas industriales y la música industrial. Aquellos chicos vestidos al modo del grunge terminaron siendo llamados industriales, siendo ajenos tanto al grunge como al industrial.

Todavía recuerdo una tarde, en la estación Atemajac del metro (“tren ligero” lo llamaban), en la que se encontraron el sacerdote de ese barrio y mi papá. Ese día tocaban Maldita Vecindad en las Fiestas de Octubre: un grupo en pleno auge en una presentación gratuita. Y el modo más sencillo de llegar al concierto era en tren ligero. Así que el metro estaba atestado de aquellos “industriales”, que hacían tumulto y llenaban cada vagón. Con semejante competencia, mi padre y el padre tuvieron que esperar más de media hora antes de poder utilizar el transporte (como imaginarán, ellos no iban a ver a Maldita). “Con estos industriales no se puede”, comentó papá. “Sí, ellos felices con su desmadre, y uno aquí esperando”, replicó el padre, que era gringo y había aprendido más modismos de los que convenían a su profesión.

2. Recordé estos enredos roqueriles-semánticos-tapatíos a raíz de un artículo sobre el death metal de la India que apareció en la revista Guernica. No ocupan estar interesados en el death metal ni en la India para disfrutarlo, es una nota magnífica. La firma un Akshay Ahuja.

El autor viajó a la tierra de sus antepasados para, entre otras cosas, llevarle una guitarra a un grupo de death afincado en Bangalore. Allá se encontró que cuando los jóvenes hindús hablan de “freak out” no quieren decir alocarse o alterarse, sino todo lo contrario, quiere decir darse un respiro o pasear. Para ellos “freak out” es lo mismo que “chill out” o “hang out”.

Pero lo mejor le esperaba en un festival de rock. A pesar de que era un festival grande y contaba con buen patrocinio, muchas de las bandas tocaban covers de rock clásico, una actitud amateur. En cierto punto la gente comenzó a gritar “¡Ozzy, Ozzy!”. El grupo en el escenario tocó “Breakin’ the Law” (Judas Priest) y todo mundo aplaudió complacido. No estaban pidiendo una canción de Ozzy Osbourne o Black Sabath: ahí el grito de “Ozzy, Ozzy” significa lo mismo que nuestro “otra, otra”. No pregunten por qué. Sospecho que Akshay tampoco lo supo.