4/29/2008

el mundo quiere un cambio, pero no pagar por él

Todavía el otoño pasado las encuestas de Gallup sobre los presidenciables estadounidenses incluían preguntas referentes a Al Gore. Era inevitable incluir su nombre junto a Hillary Clinton y Barack Obama: en un país y unos tiempos donde la celebridad y el empuje mediático pueden definir una elección, un ex candidato a la presidencia ganador del Nobel y el Oscar parecía una opción obvia. Pero no lo era.

En abril de ese mismo año, una encuesta realizada por la universidad de Stanford, Resources for the Future y la revista New Scientist (encuesta citada por The Economist en octubre para explicar la ausencia de Gore en las preliminares) encontró que en un año se había duplicado la cantidad de estadounidenses que consideraban al calentamiento global como el mayor problema ambiental, pero las medidas para combatirlo que afectarían el bolsillo de los ciudadanos eran impopulares. Es decir, la labor de difusión de Gore había rendido frutos y cierto electorado lo consideraba un vocero confiable, pero no por eso votarían por él, no si su campaña debía traducirse en mayores impuestos o un alza en los precios de energéticos.

Para rematar, el sector de la población que estaba más dispuesto a pagar para combatir ese problema eran las mujeres demócratas de la Costa Oeste, segmento que Gore hubiera tenido que disputar con uñas y dientes a Clinton y Obama.

2. Durante sus dos períodos como primer ministro italiano, Silvio Berlusconi hizo todo lo que debería llevarlo a la ruina política: monopolio, corrupción, nepotismo y un largo etcétera. Sin embargo, los italianos lo escogieron de nuevo como su premier este año.

Su antecesor en el cargo, Romano Prodi, cometió errores (imaginen esta nota en su agenda: “no dar apoyo a tropas estadounidenses si tu coalición apunta a la izquierda”), pero fueron sus aciertos los que terminaron de ahorcarlo.

Los italianos tienen una tradición de evasión de impuestos tan arraigada como la de, digamos, México. Se calculaba que 100bn de euros quedaban sin pagar cada año, cifra que Prodi recortó a 80bn. El caso es que a nadie le agrada pagar y Berlusconi, obviamente, prometió una reducción de impuestos.

3. Aunque Gore recurriera a métodos alarmistas para convencer, y Prodi no resultara tan buen conciliador como economista, ambos señalaron problemas para los cuales ofrecieron alternativas, en lugar de postergarlos indefinidamente o distraer la atención de ellos para no perder el favor del electorado. Lo interesante (o alarmante) es que sus compatriotas entendieron el mensaje, muchos estuvieron de acuerdo con ellos, pero no les apoyaron sencillamente porque la solución afectaba a sus bolsillos a corto plazo y los beneficios sólo podrían venir a largo plazo. La misma pobreza de miras que los ciudadanos suelen ver mal en sus gobernantes.


Q&A: the Italian elections
An Inconvenient Truth: unscientific?

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