5/16/2007

gente que vende libros

Ayer hubo venta de libros en el instituto. Obviamente no era el propósito, pero sirvió como una reproducción en chiquito de la situación de las librerías en general. Gandhi vendió como si sus títulos fueran pan caliente, los demás se quedaron mirando. De Libeko no se vendió ni un libro.

El stand de Conaculta lo atendió un chico que tiene 12 años trabajando ahí, el mismo que ponía su mesita de libros en la explanada de la facultad cuando éramos estudiantes, y que ahora trabaja en la librería de la Cineteca (asústense: recuerda detalles de todos nosotros). El tipo estaba aburriéndose, caminando de un lado a otro. "¿Cómo se lo explicas a los clientes? No hay modo, parece mentira", dijo, "Gandhi trae libros publicados por Conaculta a un precio menor del que traemos nosotros. Y nosotros somos el proveedor, ¿cómo va a ser que el revendedor lo pueda dar más barato? Si las librerías Educal no desaparecen es porque todo el gasto de instalaciones y servicios está subsidiado, sólo nos tienen que pagar a nosotros. Si no fuera así, pasaría lo mismo que con cualquier librería de aquí (y acuérdate que varias las han abierto gente con lana y cabrona para los negocios), cerraríamos a los dos años".

El vendedor de Porrúa fue el más profesional y el más resignado. Montó un local como si fuera a participar en una expo mundial y se puso a jugar con su computadora, a sabiendas de que no se pararían ni las moscas. Se explica que sus empleadores sigan en el negocio porque casi tienen el monopolio de la literatura legal del país, y se agradece, porque esa bonanza (¿a la malagueña?, lo desconozco) les ha permitido conservar una colección de literatura a precios bajos durante décadas. Sepa si será posbile en veinte años una serie como Sepan cuantos, con la tendencia actual en el mundo, de prolongar el tiempo necesario para liberar los derechos de una obra, a beneficio de nietos y sobrinitos de los autores. En México, por lo pronto, los diputados ya se autorizaron ellos solos a meter mano en la Ley de Derechos de Autor.

También montó su tendajo una una distribuidora local con prácticas prehistóricas: enciclopedias a un costo prohibitivo, inflado casi en un 50%. Si en cinco minutos puedes revisar en la red el costo real de su producto, ¿qué pretenden? Si la competencia desleal servirá para algo, esperemos que sea para hundir a ese tipo de parásitos.

2 comentarios:

Puni dijo...

Crisimas las enciclopedias casi siempre, me sigo quedando con la que tenemos en casa: El tesoro de la juventud.

Yo dejé de ir a la Feria del Libro cuando trajeron la Ghandi acá, será que me mareaba con tanta gente "viendo" libros.

Nicolás dijo...

En casa teníamos sólo tomos sueltos de la Time Life, crecí con una visión muy fragmentada del mundo.

Sí, también le he ido perdiendo gusto a la Feria. Voy el día que hay que comprar cosas para el trabajo. O cuando van los señores Magnánimo y Oportuno. Y tanto que me chiflaba la Feria cuando estaba en prepa.