10/08/2006

la invención de la soledad

Ayer, una niña de la vecindad vino a jugar con Daniel. Es una pequeña de unos tres años y medio que acaba de aprender que los adultos también han sido niños y que incluso su padre y su madre tienen padres. De repente, la niña levantó el teléfono e inició una conversación simulada, luego se volvió hacia mí y dijo:

-Paul, es tu padre, quiere hablar contigo.

Fue horrible. Por un instante pensé que había un fantasma al otro extremo de la línea y que realmente quería hablar conmigo.

-No -dije por fin de forma abrupta-, no puede ser mi padre. Hoy no puede llamar porque está en otro sitio.

Esperé a que colgara el teléfono y salí de la habitación.


...

En el armario de su dormitorio había encontrado cientos de fotografías, algunas dentro de sobres de papel Manila, otras pegadas a las páginas arrugadas y negras de los álbumes, y otras más sueltas, desparramadas por los cajones. Por la forma en que las guardaba deduje que nunca las miraba, y que probablemente incluso habría olvidado que estaban ahí. Un álbum muy grande, encuadernado con piel fina y con letras doradas grabadas en la cubierta decía: "Los Auster. Esta es nuestra vida." y estaba completamente vacío. Alguien, sin duda mi madre, había encargado el álbum, pero nadie se había tomado la molestia de llenarlo.

...

Una impreriosa y desconcertante fuerza de contradicción. Ahora comprendo que cada hecho es invalidado por el siguiente, que cada idea engendra una idea equivalente y opuesta. Es imposible decir algo sin reservas: era bueno o malo, era esto o aquello. Todas las contradicciones son ciertas. A veces tengo la sensación de que estoy escribiendo sobre dos o tres personas diferentes, distintas entre sí, cada una en contradicción con las otras. Fragmentos. O la anécdota como forma de conocimiento.
Sí.


Paul Auster, La invención de la soledad.

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