8/14/2005

errabundia

El tema de estos días ha sido la vida que tiene el amor cuando su objeto, la persona en ocasión de la cual despertaba, ya no está. Quizá el tema ha estado siempre ahí y no le prestaba atención porque no me incumbía, o quizá realmente ha comenzado a aparecerse en estos días. Sobre eso era el último tercio de La cabaña, novela de Juan García Ponce que leí la semana pasada. Es también el tema de 2046, la película cuya reseña escribí anoche.

Desde el viernes estoy leyendo Literatura y fantasma, una recopilación de artículos de Javier Marías. Justo antes de sentarme a escribir la reseña encontré en ese libro un párrafo que terminó de aclarar el panorama, subrayando esa parte ficticia inevitable en el amor:

Algo como el amor, que es siempre urgente e inaplazable, que requiere la presencia y la consumación o consumición inmediata, ¿puede anunciarse sin que aún exista, o recordarse de veras cuando ya no existe? ¿O será que el propio anuncio y el mero recuerdo forman, ya y todavía respectivamente, parte de ese amor? Lo ignoro, pero lo que sí creo es que el amor está fundamentado en gran medida en su anticipación y en su memoria. Es el sentimiento que exige mayores dosis de imaginación, no sólo cuando se lo intuye, cuando se lo ve venir, y no sólo cuando quien lo ha experimentado y lo ha perdido tiene necesidad de explicárselo, sino también mientras el propio amor se desarrolla y tiene plena vigencia. Digamos que es un sentimiento que exige siempre algo ficticio además de lo que le procura la realidad. Dicho con otras palabras, el amor tiene siempre una proyección imaginaria, por tangible o real que lo creamos en un momento dado. Está siempre por cumplirse, es el reino de lo que puede ser. O bien de lo que pudo ser. Javier Marías “Lo que no se ha cumplido”

Como dije, poco después empecé la reseña de 2046. Aunque en su mayor parte son elogios de fan fatal, el último párrafo fue necesariamente agrio:

Si el hechizo de 2046 no es perfecto se debe a que Kar-wai incurre en una falta que parecía imposible en él, sobre todo a estas alturas: poca decisión a la hora de eliminar escenas y diálogos en la edición final. Si consideramos que su método consiste en filmar sin guión y consentir las improvisaciones, las decisiones que toma en la sala de edición son más determinantes que en otros directores. Y en casos anteriores habían sido muy acertadas, consiguiendo filmes compactos, a los que no podías quitar ni una línea. Películas en los que no se hablaba innecesariamente, dejando que las imágenes guiaran la narración. 2046 ha resultado muy larga... con varias explicaciones innecesarias que la despojan de su misterio.

Esta noche envié por correo la reseña, y menos de una hora después me encontré de nuevo leyendo Literatura y fantasma, donde ahora apareció esto:

...ese no saber me permite, por otra parte, instalarme en lo que llamaré la errabundia (una errabundia sólo aparente en mi caso, creo yo), algo sorprendentemente mal visto por la mayoría de los críticos actuales, quienes, educados sin duda en la lectura de novelas policiacas, dan gran importancia a lo que es “pertinente” o “esencial” al relato, como si todo lo que apareciera en un texto narrativo debiera ser información útil y encaminada a un mismo y único fin. Barthes habló de l’effet du réel para denominar justamente aquellas cosas, detalles o episodios, que se dan u ocurren porque sí, tanto en la vida como en las novelas, sin que tengan más significado o relación con la historia que la que el autor o el lector quieran hallarles con sus facultades asociativas. Javier Marías, “Errar con brújula”.

En defensa de mi pobre reseña sólo puedo decir que, por el lugar que ocupa en el tiempo, una película está más cerca del cuento que de la novela y, como los cuentos, no puede permitirse demasiadas digresiones. Pero eso es irrelevante. Lo que me interesa es el momento en que apareció cada lectura, y todavía más que la segunda fuera sobre la “errabundia”, un andar vagaroso que, según escribe Marías, tiene como único mandamiento no volver atrás, no hacer correcciones. Es guiarse sólo con la brújula, sobre la marcha, sin consultar mapas. O “navegar en mapas, que es distinto a navegar siguiendo mapas”, dirían los noctívagos.

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