11/11/2004

central

En tiempos de la prepa nuestras vagancias terminaban generalmente en la Biblioteca Central o en Morelos. Los libros de la biblioteca podíamos llevarlos a casa, pero no teníamos ni un quinto para comprar discos en Saharis.

Estamos hablando de 1993. Él ya trabajaba en la biblioteca entonces y lo sigue haciendo ahora (hace unos meses fui y lo vi dando una conferencia, sobre no-sé-qué cineasta, para un público de dos personas). Estaba casado con una compañera de la biblioteca, una chica larguirucha y pálida que contrastaba mucho con él (que es moreno y bajito). Cuando me lo topé en la feria del 94 (en el stand de Alianza), me recomendó a Cunqueiro y Perucho, de quienes yo nunca había oído hablar. En la década siguiente tuve oportunidad de leer Los laberintos bizantinos y Las historias naturales, pero a Cunqueiro sigo sin leerlo. Ahora los dos somos bibliotecarios y ninguno recuerda el nombre del otro.

A ella nunca la había visto hasta hace unas semanas. Trabaja en una galería del Barrio Antiguo. Es morena, tiene los ojos grandes, lleva el cabello corto y lentes. Creo que conoce a Ale.

Anoche ella y él iban saliendo tomados del brazo de una tienda a dos cuadras de mi casa. Nos limitamos a inclinar la cabeza en señal de reconocimiento mutuo y cada quien siguió su rumbo.

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